Hoy mi Pichi cumple 16 años.

Y digo mi Pichi aunque hayan pasado muchos años desde la última vez que formé parte de su día a día. Porque hay cariños para los que el tiempo tiene muy poco que decir.

Hace muchísimo que no trabajo con ella. La vida, con esas vueltas que da y esas decisiones que a veces nos obliga a tomar aunque no sean las que habríamos querido, hizo que nuestros caminos se separaran.

Y, sin embargo, hoy es 16 años más mayor aquella niña.

Mi niña.

Mi Pichi.

Y aquí estoy yo, pensando en ella.

Porque una cosa que he aprendido después de tantos años trabajando con niños es que algunos pasan por tus manos, otros pasan por tu memoria y unos pocos, muy pocos, se quedan a vivir en algún rinconcito del corazón.

Cristina es una de ellos.

¿En qué momento te hiciste tan mayor, Pichi?

Me cuesta imaginarte con 16 años.

En mi cabeza todavía vive aquella niña que conocí. Aquella sonrisa. Aquellas carcajadas. Aquella mirada que podía decir tantísimas cosas sin necesidad de explicar absolutamente nada.

Hace años escribí sobre ti y titulé aquel artículo «Sonreír a pesar de todo».

Y hoy, tantos años después, sigo pensando que probablemente no podría haberte descrito mejor.

Porque si hay algo que recuerdo de ti es precisamente eso: tu sonrisa.

Una sonrisa de verdad.

De esas que no se ponen para una fotografía. De esas que empiezan en los ojos y terminan contagiando a quien está delante.

Recuerdo escribir entonces que, cuando alguien creyera estar teniendo un mal día, debería mirar una fotografía tuya sonriendo.

Y fíjate, Pichi… han pasado los años y sigo pensando exactamente lo mismo.

Hay días en los que la vida se complica. Días en los que los adultos nos enfadamos por tonterías, nos preocupamos por cosas que quizá no tienen tanta importancia y olvidamos lo verdaderamente esencial.

Y entonces existen personas como tú que, sin proponérselo, nos colocan otra vez los pies en el suelo.

Hay despedidas que no significan olvidar

La vida hizo que dejara de trabajar contigo.

No voy a disfrazarlo de algo bonito porque no lo fue. Hay momentos en los que los caminos se separan y simplemente tenemos que aceptar que las cosas no siempre terminan como nos habría gustado.

Pero marcharme de tu día a día nunca significó sacarte de mi vida.

Porque nadie puede obligar al corazón a olvidar.

Y tú te quedaste.

Te quedaste en mis recuerdos, en algunas fotografías, en muchas anécdotas y, sobre todo, en esa parte de mí que construyeron todos aquellos niños que me enseñaron a ser la profesional que soy.

Probablemente tú no seas consciente de ello. Quizá ni siquiera recuerdes muchas de las cosas que vivimos juntas.

Pero yo sí.

Y eso me basta.

Hoy no sé cómo es la Cristina de 16 años

Y quizá esta sea la parte más difícil de escribir.

No conozco a la Cristina adolescente.

No sé qué cosas te hacen reír ahora. No sé qué música te gusta. No sé qué cosas consiguen llamar tu atención ni cuáles te aburren soberanamente. No sé cómo son actualmente tus días, qué cosas has aprendido durante todos estos años ni cuántas veces habrás vuelto a sorprender a quienes están a tu alrededor.

Me he perdido muchos capítulos de tu historia.

Pero tuve la inmensa suerte de formar parte de algunos de los primeros.

Y esos son míos para siempre.

Quizá por eso, cuando pienso en ti, inevitablemente aparece aquella pequeña Pichi que conocí.

Pero hoy quiero hacer el esfuerzo de imaginarte con tus 16 años.

Más alta. Más mayor. Diferente, seguramente. Pero quiero pensar que todavía conservas esa sonrisa capaz de iluminar una habitación entera.

Quiero pensar que todavía te ríes a carcajadas.

Y ojalá lo hagas muchísimo.

Lo que nunca te dije

Cuando trabajamos con niños pensamos constantemente en todo lo que tenemos que enseñarles.

Objetivos. Rutinas. Autonomía. Comunicación. Aprendizajes.

Y tardamos algún tiempo en comprender que la enseñanza estaba ocurriendo también en la dirección contraria.

Vosotros también nos estabais educando a nosotros.

Tú me enseñaste mucho, Pichi.

Probablemente bastante más de lo que jamás llegaste a saber.

Me enseñaste a observar.

A tener paciencia.

A entender que comunicarse es muchísimo más que hablar.

A valorar avances que para otras personas podían parecer insignificantes.

A celebrar.

A reír.

Y, sobre todo, me enseñaste que detrás de cualquier diagnóstico, de cualquier informe y de cualquier lista de dificultades siempre hay algo muchísimo más importante:

hay una persona.

Una niña con su carácter, sus gustos, sus enfados, sus días buenos, sus días regulares y aquella sonrisa maravillosa.

Estar contigo también dejó una pequeña huella en mi manera de entender la educación especial.

Y esa huella sigue ahí.

Feliz cumpleaños, mi Pichi

Hoy cumples 16 años y seguramente no leerás estas palabras.

Quizá nunca sepas que hoy, tantos años después, aquella monitora que un día estuvo a tu lado sigue acordándose de ti.

Pero yo necesitaba escribirlas.

Necesitaba dejar constancia de que el cariño no siempre necesita presencia para seguir existiendo.

Que se puede dejar de formar parte de la vida cotidiana de alguien y continuar queriéndolo.

Que los años pueden pasar y algunos recuerdos no envejecen.

Y que hay niños que llegan a nuestra vida por un tiempo y, sin pedir permiso, se quedan para siempre.

Tú eres uno de esos niños para mí.

Aunque ya no seas una niña.

Dieciséis años… Madre mía, Pichi.

Ojalá la vida te esté tratando bonito.

Ojalá estés rodeada de personas que sepan mirarte de verdad.

Que sepan entenderte.

Que sepan escucharte incluso cuando no hagan falta palabras.

Que celebren cada una de tus conquistas.

Que respeten tus tiempos.

Que no intenten meterte dentro de ningún molde.

Y, sobre todo, que sepan hacerte reír.

Reír muchísimo.

Porque si algo recuerdo perfectamente es lo maravilloso que era escucharte hacerlo.

Feliz 16 cumpleaños, mi Pichi.

Hace muchos años que nuestros caminos se separaron, pero hay una parte del mío en la que tú siempre estarás.

Quizá eso sea lo más bonito que puede dejar una persona cuando pasa por nuestra vida: una huella que los años son incapaces de borrar.

Y la tuya, Cristina, sigue aquí.

En mi cabeza.

En mis recuerdos.

Y en mi corazón.

Siempre tendrás un rinconcito en él.

Con todo mi cariño,

Marta

Esta versión me parece mucho más fiel a vuestra historia porque no finge una relación actual que no existe, pero tampoco minimiza lo que Pichi significó para ti. Y esa frase de «me he perdido muchos capítulos de tu historia, pero tuve la inmensa suerte de formar parte de algunos de los primeros» creo que resume especialmente bien lo que quieres contar.