Querido Raúl,
Hoy cumplirías 26 años.
Lo escribo despacio… porque hay palabras que pesan, palabras que tiemblan, palabras que traen de vuelta todo lo vivido. Y hoy, inevitablemente, vuelves tú.
No sé cómo se felicita un cumpleaños cuando la persona ya no está físicamente. No sé cómo se celebra sin voz, sin abrazo, sin presencia. Pero sí sé algo que el tiempo no ha podido cambiar: sigues viviendo en mí.
Hoy te recuerdo más que nunca. No desde la tristeza solamente, sino desde ese lugar profundo donde habitan las personas que nos marcaron para siempre. Porque tú no fuiste solo un niño con el que trabajé. Tú fuiste historia. Fuiste aprendizaje. Fuiste verdad.
Recuerdo tu mirada, Raúl. Esa mirada limpia, transparente, llena de vida. Había algo en tus ojos que lo decía todo sin necesidad de palabras. Y yo te entendía. Siempre te entendí. No sé cómo explicarlo… pero contigo aprendí que la comunicación no necesita voz, necesita conexión.
Muchos veían un niño con parálisis cerebral. Yo veía una fortaleza inmensa dentro de un cuerpo que luchaba cada día. Veía valentía. Veía esfuerzo. Veía una manera diferente, pero profundamente hermosa, de estar en el mundo.
Me enseñaste a frenar cuando todo iba rápido. A observar. A esperar. A no medir el valor de la vida en grandes logros, sino en pequeños gestos. Un movimiento. Una respiración tranquila. Una mano que aprieta. Una calma compartida.
Contigo entendí que acompañar no es dirigir. Es sostener. Es estar sin invadir. Es creer incluso cuando parece que nada avanza. Y tú… tú sabías estar como nadie.
Hubo días difíciles, Raúl. Días en los que el cansancio pesaba. Días en los que el corazón preguntaba por qué la vida puede ser tan dura con quienes no deberían conocer el sufrimiento. Pero incluso en esos días… tú me regalabas algo. Una paz silenciosa. Una presencia profunda. Una forma callada de decir: “No pasa nada, Marta… estoy aquí”.
Y entonces llegó el día que nunca debió llegar.
El día en el que el mundo siguió girando… pero tú ya no estabas en él. La vida quedó distinta. El silencio se volvió más pesado. Y yo… yo no supe dónde colocar todo lo que sentía. Porque hay despedidas que no se entienden, solo se sienten.
Pasó el tiempo. La vida siguió. Pero hay personas que no se marchan nunca. Y tú, Raúl, eres una de ellas.
Hoy no puedo abrazarte. No puedo decirte feliz cumpleaños mirándote a los ojos. No puedo sostener tu mano. Pero puedo decirte algo que nunca cambiará:
No te has ido.
Vives en cada niño al que he acompañado con paciencia y amor. En cada vez que explico que ningún niño es menos. En cada vez que alguien ve una limitación y yo veo una posibilidad. En cada gesto de ternura que doy, hay algo de ti.
Me hiciste más humana. Más fuerte. Más consciente de lo que realmente importa. Me enseñaste que la grandeza no hace ruido, que el amor verdadero no necesita palabras, y que hay almas que, aunque frágiles por fuera, son gigantes por dentro.
Si el cielo existe, quiero imaginarte hoy libre. Sin esfuerzo. Sin límites. Sin dolor. Quiero imaginarte riendo, moviéndote, viviendo sin barreras. Como siempre mereciste.
Hoy, en tu 26 cumpleaños, no te lloro solo. También te celebro. Celebro tu vida. Celebro todo lo que fuiste. Celebro todo lo que dejaste en mí.
Gracias por elegirme, Raúl. Gracias por confiar en mí. Gracias por enseñarme lo que ningún libro, ninguna formación y ninguna experiencia habría podido enseñarme.
Sigues aquí. En mi memoria. En mi trabajo. En mi corazón.
Feliz 26 cumpleaños.
Siempre contigo.
Marta

Comentarios recientes