Soy madre, pero ante mis padres sigo sintiéndome una niña
Hoy escribo desde lo más hondo de mi corazón. Desde ese lugar donde todo duele un poquito más, donde los sentimientos se intensifican y donde guardo tantas cosas que, a veces, siento que ya no me caben dentro.
Hoy escribo para mí. No para nadie más. Porque siento que necesito soltar, desahogarme y, de alguna manera, empezar a liberar mi alma de todo aquello que lleva demasiado tiempo pesándome.
Hace ya siete años que me convertí en madre y, desde entonces, mi vida ha cambiado por completo.
Antes siempre intentaba hacer sonreír a quienes me rodeaban. Y ahora también lo hago, pero hay algo que ha cambiado: en algún momento del camino dejé de reservarme ese pequeño espacio que antes tenía para mí misma, para sentirme realizada, para ser simplemente yo.
Poco a poco, a medida que mi hijo va creciendo y ganando independencia, estoy intentando recuperar esa parte de mí que había quedado en un segundo plano. Sin embargo, hay algo que sigue acompañándome cada día: la ansiedad.
La ansiedad vive anclada en mi pecho.
Y hay momentos en los que pesa tanto que no me deja ver las cosas con claridad. Me hace cuestionarme constantemente, dudar de mis decisiones y sentir que cualquier error puede convertirse en algo imperdonable.
Porque tengo miedo a fallar.
Miedo a equivocarme como madre. Miedo a no hacerlo suficientemente bien. Miedo a repetir, sin darme cuenta, aquellos patrones de crianza con los que yo misma crecí y que tanto daño me hicieron.
Y romper con esos patrones es muchísimo más difícil de lo que imaginaba.
Sobre todo cuando intentas hacerlo sintiendo sobre ti la mirada inquisidora de quienes te rodean.
Romper con lo aprendido también duele
Desde que soy madre, he intentado construir una manera de criar diferente. Una crianza basada en el respeto, la comprensión, el acompañamiento emocional y, sobre todo, en no hacer sentir a mi hijo aquello que yo sentí tantas veces cuando era pequeña.
Pero tomar esa decisión también ha supuesto enfrentarme a situaciones que jamás habría imaginado.
Entre ellas, enfrentarme a mis propios padres.
Y eso me duele. Me duele muchísimo.
Porque, a pesar de todo, siempre he querido tenerlos cerca. Incluso cuando determinadas palabras o comportamientos me hacían daño, intentaba soportarlo. Callaba, cedía o buscaba la manera de evitar los conflictos.
Quizá porque, en el fondo, siempre he necesitado sentir que estaban orgullosos de mí.
Pero ahora soy madre.
Y quiero educar a mi hijo a mi manera.
No porque considere que mi forma de hacerlo sea perfecta, ni porque crea que nunca voy a equivocarme, sino porque entiendo que soy yo quien tiene la responsabilidad de tomar las decisiones sobre su crianza.
Sin embargo, muchas veces siento que esa libertad no termina de ser aceptada.
Lo que para mí debería ser una diferencia de opiniones acaba convirtiéndose en un motivo de discusión. Y lo que más me duele no es que piensen de manera diferente, sino sentir que, en lugar de reconocerme como una mujer adulta y como madre, vuelven a tratarme como si fuera aquella niña pequeña a la que había que corregir constantemente.
En lugar de sentir comprensión, siento reproches.
En lugar de sentir confianza, siento cuestionamientos.
Y en lugar de sentirme valorada como madre, muchas veces termino sintiéndome como una niña que vuelve a hacer las cosas mal.
Soy madre desde hace siete años, pero sigo sintiendo que tengo que demostrarlo
Han pasado siete años desde que nació mi hijo.
Siete años aprendiendo, equivocándome, acertando, preocupándome, cuidándolo, acompañándolo y haciendo todo lo que está en mis manos para que crezca feliz.
Y, aun así, sigo sin sentir que mis padres me vean realmente como una madre.
A veces tengo la sensación de que me ven más como una cuidadora, como lo he sido de tantos otros niños a lo largo de mi vida profesional, que como la madre de mi propio hijo.
Y cuando intento comprender por qué, las respuestas que recibo me dejan todavía más confundida.
«Porque no tienes aspecto de madre».
«Porque no te comportas como una madre».
Y entonces mi cabeza empieza a llenarse de preguntas.
¿Cómo tiene que ser físicamente una mujer para que los demás la consideren una madre?
¿Existe una apariencia determinada que debamos tener cuando tenemos hijos?
¿Cómo se supone que debe comportarse una madre?
¿Tengo que dejar de reírme, de bromear, de ser espontánea o de tener mi propia personalidad para encajar en esa imagen que otros esperan de mí?
¿Ser madre significa dejar de ser yo?
Porque yo no lo entiendo.
No entiendo por qué mi forma de vestir, mi personalidad o mi manera de disfrutar de la vida deberían determinar si soy una buena madre.
Y, sobre todo, no entiendo por qué, después de siete años, sigo sintiendo que tengo que demostrar algo que llevo haciendo cada día desde que nació mi hijo.
¿Por qué sigo necesitando tanto su aprobación?
Esta es, probablemente, una de las preguntas que más me duelen.
¿Por qué necesito tanto que mis padres me validen?
¿Por qué, siendo una mujer adulta, sigo sintiéndome tan pequeña cuando hablo con ellos?
¿Por qué una palabra suya puede hacerme cuestionar decisiones sobre las que, minutos antes, estaba completamente segura?
¿Por qué siento que nunca soy lo suficientemente buena para ellos?
Y, quizá la pregunta más difícil de todas:
¿Por qué no soy capaz de sentirme orgullosa de mí misma por todo lo que hago, sin necesitar que alguien más me diga que lo estoy haciendo bien?
No tengo respuestas.
Ojalá las tuviera.
A veces pienso que llevo tantos años buscando esa aprobación que ya no sé cómo dejar de necesitarla.
Como si todavía existiera dentro de mí aquella niña que esperaba escuchar un «estoy orgulloso de ti», un «lo has hecho bien» o, simplemente, un «confío en ti».
Y quizá lo que más me entristece es darme cuenta de que, aunque han pasado los años, esa niña sigue ahí.
Esperando.
Esperando unas palabras que, por alguna razón, todavía necesita escuchar.
Quiero romper el ciclo, pero también necesito sanar
Sé que hay cosas dentro de mí que necesito trabajar.
Sé que mi manera de afrontar determinadas situaciones, mis inseguridades y esa necesidad constante de aprobación no me están haciendo bien.
Pero reconocerlo no significa saber cómo solucionarlo.
A veces siento que estoy intentando construir para mi hijo una infancia diferente mientras sigo arrastrando heridas de la mía.
Y eso agota.
Agota muchísimo.
Porque no quiero que mi hijo crezca sintiendo que tiene que ganarse mi cariño.
No quiero que tenga miedo a equivocarse.
No quiero que piense que llorar es una debilidad, que expresar sus emociones está mal o que tiene que convertirse en alguien diferente para sentirse aceptado.
Quiero que sepa que puede contar conmigo.
Que puede equivocarse.
Que puede tener días malos.
Que puede enfadarse, llorar, frustrarse y volver a intentarlo.
Y que nada de eso va a cambiar el amor que siento por él.
Quiero ser para mi hijo ese lugar seguro que tantas veces eché de menos cuando era pequeña.
Pero también me gustaría aprender a ser ese lugar seguro para mí misma.
Dejar de castigarme mentalmente por cada error.
Dejar de sentir que nunca hago suficiente.
Dejar de necesitar que los demás aprueben cada paso que doy.
Y empezar, de una vez por todas, a mirarme con un poquito más de cariño.
Tengo el alma rota y necesito aprender a cuidarla
Sé que probablemente necesito ayuda profesional.
Me lo he planteado muchas veces.
He pensado en acudir a un psicólogo, en hablar de todo esto con alguien que pueda ayudarme a comprender de dónde vienen tantos sentimientos y cómo empezar a gestionarlos.
Porque hay días en los que siento que tengo el alma rota.
Y no lo digo por dramatizar.
Lo digo porque hay momentos en los que el cansancio emocional es tan grande que ni siquiera sé explicar exactamente qué me ocurre.
Simplemente siento que algo dentro de mí pesa demasiado.
Sin embargo, todavía no he dado ese paso.
No sé si porque nunca encuentro el momento adecuado, porque siempre hay algo más urgente que atender o porque, en el fondo, existe algún miedo que todavía no he conseguido identificar.
Quizá sea una mezcla de todo.
Pero sé que necesito hacerlo.
Porque también merezco estar bien.
Merezco vivir sin esa ansiedad constante en el pecho.
Merezco tomar decisiones sin sentir que tengo que justificarlas continuamente.
Merezco equivocarme sin pensar que el mundo se va a venir abajo.
Y merezco disfrutar de mi maternidad sin sentir que estoy siendo examinada a cada instante.
Hoy empiezo a escribir para liberar mi alma
No sé si alguien llegará a leer estas palabras.
Tampoco sé si alguien se sentirá identificado con ellas.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, eso no me importa demasiado.
Hoy no escribo para enseñar nada, para aconsejar a nadie ni para demostrar que tengo las respuestas.
Hoy escribo porque necesito escucharme a mí misma.
Porque llevo demasiado tiempo guardando sentimientos, intentando ser fuerte, aparentando que todo está bien y dejando para otro momento aquello que me duele.
Y quizá ha llegado la hora de dejar de hacerlo.
A partir de ahora quiero utilizar este pequeño rincón de mi blog para hablar también de mí.
De mis pensamientos.
De mis miedos.
De mis heridas.
De mis alegrías, cuando las haya.
Y de esos días en los que simplemente necesite sentarme delante del ordenador y dejar que las palabras salgan, aunque lo hagan acompañadas de lágrimas.
Porque si tengo que llorar, lloraré.
Si tengo que reconocer que algo me duele, lo reconoceré.
Y si necesito escribir diez páginas para conseguir que mi pecho pese un poquito menos, las escribiré.
No pretendo encontrar todas las respuestas de golpe.
Ni cambiar de un día para otro.
Solo quiero empezar a darme ese espacio que durante tanto tiempo me he negado.
Un espacio donde no tenga que ser la madre perfecta, la hija perfecta, la mujer que puede con todo ni la persona que siempre consigue hacer sonreír a los demás.
Un espacio donde pueda ser simplemente yo.
Con mis errores, mis inseguridades, mis contradicciones y mis ganas de aprender a quererme.
Porque quizá, después de tantos años intentando ser suficiente para los demás, ha llegado el momento de empezar a ser suficiente para mí misma.
Y si estas palabras son el principio de ese camino, bienvenidas sean.
Hoy no tengo soluciones.
Hoy no tengo respuestas.
Hoy solo tengo un corazón cansado, muchas cosas que sanar y unas ganas inmensas de encontrar un poquito de paz.
Porque quiero seguir siendo una buena madre, pero también quiero volver a encontrarme con la mujer que soy.
Y, sobre todo, porque quiero que aquella niña que todavía vive dentro de mí deje de sentir, de una vez por todas, que nunca es suficiente.
Quizá algún día consiga mirarla y decirle lo que tanto tiempo lleva necesitando escuchar:
«Lo estás haciendo bien. No tienes que demostrar nada más. Estoy orgullosa de ti».
Y esta vez, que esas palabras salgan de mí.
Marta.

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